John estuvo ocupado ese mes y le dejó las cuentas a ella; al mes siguiente él estuvo ausente; pero al tercero hizo una gran liquidación trimestral, y Meg nunca se olvidó de aquello. Pocos días antes había hecho algo terrible, que le pesaba en la conciencia. Sallie había estado comprando sedas, y Meg anhelaba una nueva —simplemente una bonita y clara para las fiestas, su seda negra era muy corriente y las cosas ligeras para la noche solo eran apropiadas para las muchachas—. La tía March solía hacer a las hermanas un regalo de veinticinco dólares a cada una por Año Nuevo; faltaba solo un mes para eso, y allí había una preciosa seda violeta a precio de ganga, y ella tenía el dinero, si tan solo se atrevía a tomarlo. John siempre decía que lo de él era de ella; pero ¿le parecería bien gastar no solo los veinticinco dólares futuros, sino otros veinticinco del fondo doméstico? Esa era la cuestión. Sallie la había instado a hacerlo, se había ofrecido a prestarle el dinero y, con la mejor intención del mundo, había tentado a Meg por encima de sus fuerzas. En un mal momento, el dependiente levantó los preciosos y tornasolados pliegues y dijo: «Una ganga, se lo aseguro, señora». Ella contestó: «Me lo llevo»; y fue cortado y pagado, y Sallie se había regocijado, y ella se había reído como si no fuera asunto de importancia, y se había marchado en carruaje sintiendo como si hubiera robado algo y la policía la persiguiera.
Cuando llegó a casa, intentó mitigar los punzantes remordimientos extendiendo la preciosa seda; pero ahora parecía menos plateada, después de todo no le sentaba bien, y las palabras «cincuenta dólares» parecían estampadas como un patrón a lo largo de cada ancho de tela. La guardó; pero la perseguía, no de forma encantadora, como debe hacerlo un vestido nuevo, sino de manera terrible, como el fantasma de una tontería que no era fácil de exorcizar. Cuando John sacó sus libros aquella noche, a Meg se le encogió el corazón y, por primera vez en su vida matrimonial, tuvo miedo de su