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nydus/Little WomenPublic
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XXXIV. Un amigo

Pero el señor Dashwood rechazaba cualquier cosa que no fueran relatos trepidantes; y, como la emoción no se podía producir si no era desgarrando el alma de los lectores, la historia y el romance, la tierra y el mar, la ciencia y el arte, las crónicas policiales y los manicomios debían ser saqueados con ese fin.

Jo no tardó en descubrir que su inocente experiencia apenas le había permitido vislumbrar el mundo trágico que subyace a la sociedad; así que, viéndolo desde un punto de vista práctico, se dispuso a subsanar sus carencias con su energía característica.

Ávida por encontrar material para sus historias, y empeñada en que fueran originales en el argumento, si no magistrales en la ejecución, rebuscó en los periódicos accidentes, sucesos y crímenes; despertó las sospechas de los bibliotecarios públicos al pedir obras sobre venenos; estudió los rostros en la calle y los caracteres, buenos, malos y mediocres, que la rodeaban; hurgó en el polvo de la antigüedad en busca de hechos o ficciones tan antiguos que eran como nuevos, y se introdujo en la locura, el pecado y la miseria tan bien como sus limitadas oportunidades se lo permitieron.

Creía que le iba de maravilla; pero, sin saberlo, estaba empezando a profanar algunos de los atributos más femeninos del carácter de una mujer. Vivía en mala compañía; e, imaginaria como era, su influencia la afectaba, pues estaba alimentando el corazón y la fantasía con un alimento peligroso y sustancialmente vacua, y estaba despojando rápidamente a su naturaleza de su inocente lozanía mediante un conocimiento prematuro del lado más oscuro de la vida, que a todos nos llega bastante pronto.

Ella empezaba a sentir esto más bien que a verlo, pues tanto describir las pasiones y sentimientos ajenos la llevaba a estudiar y especular sobre los suyos propios: un pasatiempo morboso en el que las mentes jóvenes y

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