una muestra de su potencia que las hizo taparse los oídos.
—¡Vaya agradecimiento! Y hablando de agradecimiento, se me ocurre mencionar que puedes darle las gracias a Hannah por haber salvado tu pastel de bodas de la destrucción. Lo vi entrar en tu casa al pasar, y si ella no lo hubiera defendido con valentía, le habría hincado el diente, pues tenía un aspecto verdaderamente suculento.
—Me pregunto si algún día vas a madurar, Laurie —dijo Meg, con tono maternal.
—Hago todo lo posible, señora, pero me temo que no puedo subir mucho más, ya que seis pies es más o menos lo máximo que pueden dar los hombres en estos días degenerados —respondió el joven caballero, cuya cabeza estaba casi a la altura del pequeño candelabro.
—Supongo que sería una profanación comer algo en esta pulcra y flamante enramada, así que, como tengo un hambre voraz, propongo un aplazamiento —añadió al poco rato.