que entristece, aunque no es triste en sí misma. Es la sombra del dolor que toca el joven rostro con una paciencia tan conmovedora; pero Beth rara vez se queja y siempre habla con esperanza de «estar mejor pronto».
Amy es considerada con razón «la flor de la nata de la familia»; pues a los dieciséis años tiene el aire y el porte de una mujer hecha y derecha —no es hermosa, pero posee ese encanto indefinible llamado gracia. Se advertía en las líneas de su silueta, la hechura y el movimiento de sus manos, la caída de su vestido, la onda de su cabello—, inconsciente, pero armoniosa, y tan atractiva para muchos como la belleza misma. La nariz de Amy seguía afligiéndola, pues jamás quiso volverse griega; lo mismo le pasaba con la boca, por ser demasiado ancha, y con una barbilla muy definida. Estos rasgos ofensivos le daban carácter a todo su rostro, pero ella nunca supo verlo y se consolaba con su cutis maravillosamente blanco, sus vivos ojos azules y sus rizos, más dorados y abundantes que nunca.
Las tres vestían trajes de delgada seda gris plateada (sus mejores galas para el verano), con rosas rosadas en el cabello y en el escote; y las tres parecían exactamente lo que eran: muchachas de rostros frescos y corazones alegres, que se detenían un momento en sus ajetreadas vidas para leer con ojos melancólicos el capítulo más dulce del romance de la feminidad.
No iba a haber actuaciones ceremoniosas; todo debía ser lo más natural y hogareño posible; así que, cuando la tía March llegó, se quedó escandalizada al ver a la novia correr a recibirla y hacerla entrar, al encontrar al novio sujetando una guirnalda que se había caído, y al vislumbrar al ministro paternal subiendo las escaleras con aire grave y una botella de vino bajo cada brazo.
—¡Válgame Dios, vaya un panorama! —exclamó la anciana, ocupando el asiento de honor preparado para ella y acomodando los pliegues de su muaré color lavanda con un gran crujido—. No tendrías que dejarte ver hasta el último minuto, muchacha.