En casa no dijo nada de su plan, pero al día siguiente se puso manos a la obra, para gran inquietud de su madre, que siempre se ponía un poco nerviosa cuando a «la genialidad le daba por arder». Jo nunca antes había probado ese estilo, conformándose con romances muy suaves para el Spread Eagle. Su experiencia teatral y sus lecturas misceláneas le sirvieron ahora, pues le dieron cierta idea del efecto dramático y le proporcionaron el argumento, el lenguaje y el vestuario. Su historia era tan rebosante de desesperación y angustia como su limitado conocimiento de esas incómodas emociones le permitía hacerla, y, tras ubicarla en Lisboa, la remató con un terremoto, a modo de desenlace llamativo y apropiado. El manuscrito fue enviado en secreto, acompañado de una nota en la que decía con modestia que, si el cuento no obtenía el premio —cosa que la autora apenas se atrevía a esperar—, se daría por muy satisfecha con la suma que se considerase que valía.
Seis semanas es mucho tiempo para esperar, y mucho más para que una muchacha guarde un secreto; pero Jo hizo ambas cosas, y ya empezaba a perder toda esperanza de volver a ver su manuscrito, cuando llegó una carta que casi la dejó sin aliento; pues al abrirla, un cheque por cien dólares cayó en su regazo.
Durante un minuto se quedó mirándolo como si hubiera sido una serpiente, luego leyó su carta y rompió a llorar.
Si el amable caballero que escribió esa cordial nota hubiera sabido la intensa felicidad que le estaba proporcionando a un semejante, creo que dedicaría sus horas libres, si es que las tiene, a semejante entretenimiento; pues Jo valoraba la carta más que el dinero, porque era alentadora; y tras años de esfuerzo era tan agradable descubrir que había aprendido a hacer algo, aunque solo fuera escribir un relato sensacionalista.
Rara vez se había visto a una joven más orgullosa que ella cuando, habiendo recobrado la compostura, dejó atónita a la familia al