—Jo, querida, quiero decirte una sola cosa, y luego lo dejaremos atrás para siempre.
Como te dije en mi carta, cuando escribí que Amy había sido muy buena conmigo, nunca dejaré de amarte; pero el amor ha cambiado, y he aprendido a ver que es mejor así. Amy y tú intercambiáis lugares en mi corazón, eso es todo. Creo que estaba predestinado a ser así, y habría ocurrido de forma natural si hubiera esperado, como intentaste que hiciera; pero nunca supe tener paciencia, y así fue como me gané un dolor en el corazón.
Yo era un muchacho entonces, terco y violento; y me costó una dura lección darme cuenta de mi error. Porque lo fue, Jo, como dijiste, y lo descubrí después de hacer el tonto. ¡Palabra!, que en un momento dado tenía la cabeza tan revuelta que no sabía a cuál de las dos amaba más, si a ti o a Amy, e intenté amar a ambas por igual; pero no pude, y cuando la vi en Suiza, todo pareció aclararse de golpe.
Las dos ocupasteis vuestros lugares correctos, y me sentí seguro de que el viejo amor había terminado antes de que empezara el nuevo; de que podía repartir honradamente mi corazón entre la hermana Jo y la esposa Amy, y amar a ambas entrañablemente. ¿Quieres creérmelo y volver a los felices tiempos de antaño, cuando nos conocimos por primera vez?
—Lo creeré con todo mi corazón; pero, Teddy, nunca volveremos a ser niños: los viejos y felices tiempos no pueden regresar, y no debemos esperarlo. Ahora somos hombre y mujer, con una tarea seria por hacer, pues el tiempo de jugar ha terminado y debemos dejar las travesuras. Estoy segura de que tú sientes esto; veo el cambio en ti, y tú lo notarás en mí. Extrañaré a mi muchacho, pero amaré al hombre tanto como a él, y lo admiraré más, porque pretende ser lo que esperaba que fuera. Ya no podemos ser pequeños compañeros de juegos, pero seremos hermano y hermana, para amarnos y ayudarnos el uno al otro toda la vida, ¿verdad, Laurie?