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nydus/Little WomenPublic
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XXXIV. Un amigo

Envió esta gema didáctica a varios mercados, pero no encontró comprador; y se inclinaba a estar de acuerdo con el señor Dashwood en que la moral no se vendía.

Luego probó con un cuento infantil, del que se habría deshecho fácilmente de no haber sido lo bastante mercenaria como para exigir vil metal a cambio. La única persona que ofreció lo suficiente como para que le valiera la pena incursionar en la literatura juvenil fue un digno caballero que sentía que su misión en la vida era convertir a todo el mundo a su credo particular.

Pero por mucho que le gustara escribir para niños, Jo no podía consentir en pintar a todos sus niños traviesos como devorados por osos o embestidos por toros bravos por no ir a una escuela dominical concreta, ni a todos los buenos infantes, que sí iban, como recompensados con todo tipo de dicha, desde pan de jengibre dorado hasta escoltas de ángeles, cuando abandonaban esta vida con salmos o sermones en sus balbuceantes lenguas.

Así que nada salió de estos intentos; y Jo tapó su tintero y dijo, en un acceso de muy saludable humildad:

“No sé nada; esperaré a saber algo antes de volver a intentarlo y, entretanto, ‘barreré fango en la calle’, si no puedo hacer otra cosa mejor; eso es honrado, al menos”; decisión que demostraba que su segunda caída por el tallo de judías le había sentado bien.

Mientras estas revoluciones internas se sucedían, su vida exterior había transcurrido tan ajetreada y sin sobresaltos como de costumbre; y si a veces se mostraba seria o un tanto triste, nadie lo notaba salvo el profesor Bhaer. Lo hacía con tanta discreción que Jo nunca supo que él la vigilaba para ver si aceptaba y sacaba provecho de su reprensión; pero ella superó la

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