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nydus/Little WomenPublic
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XXXI. Nuestro corresponsal en el extranjero

sea mercenaria, pero detesto la pobreza y no pienso soportarla ni un minuto más de lo que pueda evitar. Una de nosotras tiene que casarse bien; Meg no lo hizo, Jo no lo hará, Beth no puede todavía, así que yo lo haré y haré que todo sea acogedor para todos. No me casaría con un hombre que odiara o desdeñara. De eso puedes estar segura; y, aunque Fred no es mi héroe ideal, sirve perfectamente y, con el tiempo, le tomaría suficiente cariño si él me tuviera mucho afecto y me dejara hacer exactamente lo que quisiera. Así que le he estado dando vueltas al asunto la última semana, pues era imposible no ver que yo le gustaba a Fred. No dijo nada, pero pequeños detalles lo demostraban; nunca va con Flo, siempre se pone de mi lado en el coche, en la mesa o en el paseo, pone cara de sentimental cuando estamos a solas y frunce el ceño a cualquiera que se atreva a hablarme. Ayer, en la comida, cuando un oficial austríaco nos miró fijamente y luego le dijo algo a su amigo —un barón de aspecto disipado— sobre «ein wonderschönes Blöndchen», Fred puso cara de león furioso y cortó la carne con tanta ferocidad que casi saltó del plato. No es de esos ingleses fríos y rígidos, sino más bien de genio vivo, pues lleva sangre escocesa, como se podría adivinar por sus hermosos ojos azules. > > “Bien, ayer por la tarde fuimos al castillo hacia la puesta de sol; al menos todos menos Fred, que debía encontrarse allí con nosotros después de ir a Post Restante por cartas. Lo pasamos de maravilla curioseando por las ruinas, las bóvedas donde está la tina gigante y los hermosos jardines hechos por el elector, hace mucho tiempo, para su esposa inglesa. La gran terraza fue lo que más me gustó, pues la vista era divina; así que, mientras los demás iban a ver las habitaciones de interior, me senté allí

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