instante, le dieron las gracias y siguieron su camino muy contentos, sin notar la diferencia, pues había tantas otras cabezas como esas en el mundo que a nadie le llamó la atención. El caballero que a mí me interesa volvió para encontrar el lindo rostro, y se enteró de que las princesas se habían librado hilando, y se habían casado todas, menos una. Se quedó muy preocupado por aquello; y montando en el potro, que le había sido fiel en las buenas y en las malas, se precipitó al castillo para ver cuál había quedado. Asomándose por encima del seto, vio a la reina de sus afanes recogiendo flores en su jardín. —¿Me darás una rosa? —dijo él. —Tienes que venir a buscarla. Yo no puedo ir hacia ti; no es apropiado —dijo ella, tan dulce como la miel. Intentó trepar por el seto, pero este parecía crecer cada vez más alto; luego intentó abrirse paso empujando, pero se volvía cada vez más espeso, y él estaba desesperado. Así que, con paciencia, fue rompiendo ramita tras ramita hasta hacer un pequeño agujero, a través del cual se asomó, diciendo suplicante: «¡Déjame entrar! ¡Déjame entrar!». Pero la linda princesa no parecía entender, pues recogía sus rosas tranquilamente y lo dejaba luchar para abrirse paso. Si lo logró o no, Frank se los contará».
—No puedo; no juego, nunca lo hago —dijo Frank, consternado ante el apuro sentimental del que tenía que rescatar a la pareja absurda. Beth había desaparecido detrás de Jo, y Grace estaba dormida.
—¿De modo que al pobre caballero se le va a dejar metido en la zarza, eh? —preguntó el señor Brooke, sin dejar de mirar el río y jugando con la rosa silvestre de su ojal.