Bajo el paraguas
Mientras Laurie y Amy daban paseos conyugales sobre alfombras de terciopelo, mientras ponían su casa en orden y planeaban un futuro dichoso, el señor Bhaer y Jo disfrutaban de paseos de otra clase, por caminos embarrados y campos empapados.
—Siempre salgo a dar un paseo hacia el anochecer, y no sé por qué habría de dejar de hacerlo solo porque a menudo coincida con el profesor de camino a la salida —se dijo Jo a sí misma, después de dos o tres encuentros; pues, aunque había dos caminos para ir a casa de Meg, tomara el que tomase, era seguro que se lo encontraría, ya fuera yendo o viniendo.
Él siempre caminaba deprisa y parecía no verla hasta estar muy cerca, momento en el cual ponía cara de que sus ojos miopes no habían logrado reconocer a la señora que se acercaba hasta ese preciso instante. Entonces, si ella iba a casa de Meg, él siempre llevaba algo para los bebés; si ella volvía hacia el hogar, él simplemente había bajado a ver el río y estaba a punto de regresar, a menos que estuvieran cansados de sus frecuentes visitas.
Bajo las circunstancias, ¿qué podía hacer Jo sino saludarlo con cortesía e invitarlo a pasar?
Si estaba cansada de sus visitas, ocultó su fatiga con perfecta habilidad y se cuidó de que hubiera café para la cena, «ya que Friedrich—quiero decir, el señor Bhaer—no toma té».