—Digo yo, ¿el pan no está bastante «leudo» cuando se desborda de los moldes?
Sallie comenzó a reír; pero Meg asintió y levantó las cejas todo lo que pudo, lo cual hizo que la aparición se desvaneciera y metiera el pan agrio en el horno sin más demora.
La señora March salió, después de echar un vistazo aquí y allá para ver cómo marchaban las cosas, diciendo también una palabra de consuelo a Beth, que estaba sentada haciendo una mortaja, mientras la querida difunta yacía en capilla ardiente dentro de la caja de dominó.
Una extraña sensación de desamparo se apoderó de las muchachas cuando el sombrero gris dobló la esquina; y la desesperación las asaltó cuando, unos minutos después, la señorita Crocker se presentó y dijo que había venido a cenar.
Ahora bien, esta señora era una solterona flaca y cetrina, con nariz afilada y ojos inquisitivos, que lo veía todo y cotilleaba sobre todo lo que veía. No la soportaban, pero les habían enseñado a ser amables con ella, simplemente porque era vieja y pobre, y tenía pocos amigos.
Así que Meg le dio el sillón orejero y trató de entretenerla, mientras ella hacía preguntas, lo criticaba todo y contaba historias de la gente que conocía.
El lenguaje no puede describir las ansiedades, vivencias y fatigas por las que pasó Jo aquella mañana; y la cena que sirvió se convirtió en una broma recurrente. Temiendo pedir más consejos, hizo lo que pudo por su cuenta y descubrió que para ser cocinero se necesita algo más que energía y buena voluntad. Hiervió los espárragos durante una hora, y le dolió comprobar que las puntas se habían deshecho y los tallos estaban más duros