Siempre había tenido la intención de hacer algo, y el consejo de Amy era de todo punto innecesario. Solo había estado esperando a que los susodichos amores marchitos fueran decentemente sepultados; una vez hecho esto, sintió que estaba listo para «ocultar su corazón herido y seguir esforzándose».
Como Goethe, cuando tenía una alegría o una pena, la convertía en canción, Laurie resolvió embalsamar su desamor en música y componer un Réquiem que desgarrara el alma de Jo y enterneciera el corazón de todo oyente.
Por lo tanto, la vez siguiente en que el viejo caballero lo encontró inquieto y cabizbajo, y lo mandó a mudar, se fue a Viena, donde tenía amigos músicos, y se puso a trabajar con la firme determinación de distinguirse.
Pero, ya fuera porque la pena era demasiado vasta para plasmarla en música, o la música demasiado etérea para elevar una aflicción terrenal, pronto descubrió que el Réquiem le quedaba grande, al menos por el momento. Era evidente que su mente aún no funcionaba bien y sus ideas necesitaban aclararse; pues a menudo, en medio de una melodía melancólica, se descubría tarareando un aire bailable que le recordaba vivamente el baile de Navidad en Niza, en especial al fornido francés, y ponía fin de manera tajante a la composición trágica por el momento.
Luego intentó componer una ópera, pues nada parecía imposible al principio; pero aquí, de nuevo, le salieron al paso dificultades imprevistas. Quería a Jo como protagonista y recurrió a su memoria para que le suministrara tiernos recuerdos y visiones románticas de su amor. Pero la memoria resultó traicionera y, como poseída por el espíritu perverso de la muchacha, solo le traía a la mente las rarezas, defectos y excentricidades de Jo, solo se la mostraba en los aspectos más poco sentimentales —sacudiendo