Conocía bien Vevey; y tan pronto como el barco tocó el pequeño muelle, se apresuró por la orilla hacia La Tour, donde los Carrol vivían en pension. El camarero estaba desesperado porque toda la familia había ido a dar un paseo por el lago; pero no, la mademoiselle rubia tal vez estuviera en el jardín del castillo. Si el señor se tomaba la molestia de sentarse, en un abrir y cerrar de ojos se la presentaría. Pero el señor no podía esperar ni siquiera «un abrir y cerrar de ojos» y, a mitad del discurso, partió a buscar a la mademoiselle él mismo.
Un jardín antiguo y apacible a orillas del precioso lago, con castaños que susurraban en lo alto, hiedra trepando por todas partes y la sombra negra de la torre proyectándose largamente sobre las aguas soleadas.
En un rincón del muro ancho y bajo había un asiento, y allí iba Amy a menudo a leer o a coser, o a consolarse con la belleza que la rodeaba. Estaba sentada allí ese día, apoyando la cabeza en la mano, con el corazón apesadumbrado por la nostalgia y los ojos cansados, pensando en Beth y preguntándose por qué Laurie no venía.
No lo oyó cruzar el patio interior, ni lo vio detenerse en el arco que conducía desde el sendero subterráneo hacia el jardín. Se quedó un minuto mirándola con ojos nuevos, viendo lo que nadie había visto jamás: el lado tierno del carácter de Amy.
Todo en ella sugería silenciosamente amor y dolor: las cartas manchadas de tinta en su regazo, la cinta negra que le ataba el cabello, el dolor y la paciencia femeninos en su rostro; hasta la pequeña cruz de ébano en su garganta le pareció patética a Laurie, pues se la había regalado él, y ella la llevaba como su único adorno.
Si él tenía alguna duda sobre el recibimiento que le daría, estas se disiparon en cuanto ella levantó la vista y lo vio; pues, soltándolo todo, corrió hacia él, exclamando con un tono de inconfundible amor y anhelo: