mucha paciencia durante seis meses y, al no ver señales de mejoría, hizo lo que otros exiliados paternales suelen hacer: intentó buscar un poco de consuelo en otra parte. Scott se había casado y establecido en una casa no muy lejana, y John cogió la costumbre de pasarse una hora o dos por las tardes, cuando su propia sala estaba vacía y su propia esposa entonaba canciones de cuna que parecían no tener fin. La señora Scott era una muchacha alegre y bonita, que no tenía otra cosa que hacer que ser agradable, y cumplía su cometido con muchísimo éxito. La sala siempre estaba luminosa y atractiva, el tablero de ajedrez listo, el piano afinado, abundantes chismorreos alegres y una rica cenita servida de un modo tentador.
John habría preferido su propia chimenea de no haber sido tan solitaria; pero tal como estaban las cosas, aceptó con gratitud lo segundo mejor y disfrutó de la compañía de su vecino.
Meg rather approved of the new arrangement at first, and found it a relief