“Daisy March—el padre es coronel del ejército—de nuestras familias principales, pero reveses de fortuna, ya sabe; íntimas amigas de los Laurence; un encanto de criatura, se lo aseguro; mi Ned está locamente enamorado de ella”.
—¡Dios me libre! —dijo la vieja señora, levantándose el impertinente para observar de nuevo a Meg, quien intentaba poner cara de no haber oído y de estar bastante escandalizada por las mentiras de la señora Moffat.
El «sentimiento extraño» no desapareció, pero se imaginó a sí misma interpretando el nuevo papel de gran dama, y así salió bastante bien del paso, aunque el vestido ajustado le daba dolor de costado, la cola no dejaba de enredársele en los pies y temía constantemente que los pendientes salieran volando y se perdieran o se rompieran.
Estaba abanicándose coquetamente y riendo las débiles bromas de un joven que intentaba hacerse el ingenioso, cuando de repente dejó de reír y puso cara de confusión; pues, justo en frente, vio a Laurie.
Él la estaba mirando con sorpresa disimulada, y también desaprobación, pensó ella; porque, aunque hizo una reverencia con la cabeza y sonrió, algo en sus honestos ojos la hizo sonrojarse y desear llevar puesto su viejo vestido.
Para colmo de su confusión, vio a Belle darle un codazo a Annie, y a ambas mirar de reojo de ella a Laurie, a quien, para su alivio, vio inusualmente aniñado y tímido.
«¡Tontas criaturas, venir a meterme tales pensamientos en la cabeza! No me importará, ni dejaré que eso me cambie lo más mínimo», pensó Meg, y cruzó la habitación haciendo crujir su vestido para saludar con un apretón de manos a su amiga.