“¿Cómo voy a tener miedo cuando usted ha sido tan bueno con mi padre? Ojalá pudiera agradecérselo como es debido”.
—¿Quieres que te diga cómo? —preguntó el señor Brooke, reteniendo firmemente la pequeña mano entre las suyas y mirando a Meg con tanto amor en los ojos castaños, que el corazón comenzó a latirle con fuerza y sintió a la vez el deseo de huir y el de quedarse a escuchar.
—Oh, no, por favor, no lo haga, preferiría que no —dijo ella, intentando retirar su mano y pareciendo asustada a pesar de su negativa.
—No te molestaré, solo quiero saber si me quieres un poco, Meg. Te quiero muchísimo, querida —añadió el señor Brooke con ternura.
Este era el momento para el discurso tranquilo y adecuado, pero Meg no lo pronunció; olvidó cada palabra, inclinó la cabeza y respondió: «No lo sé», con