satisfecha. A la señora Carrol, la mamá de Florencia, se le ordenó comprar, mandar a hacer y marcar una generosa provisión de ropa de hogar y de mesa, y enviarla como regalo suyo, todo lo cual se hizo fielmente; pero el secreto se filtró y la familia lo disfrutó muchísimo, pues la tía March intentaba poner cara de absoluta ignorancia e insistía en que no podía dar otra cosa que las perlas a la antigua, prometidas desde hacía tiempo a la primera en casarse.
—Ese es un gusto casero que me alegra ver. Tuve una joven amiga que instaló su casa con solo seis sábanas, pero tenía pocillos para los dedos para las visitas, y con eso se bastaba —dijo la señora March, acariciando los manteles de damasco con una apreciación verdaderamente femenina de su finura.
—No tengo ni un solo vasito para enjuagar los dedos, pero este es un «banquete» que me durará todos mis días, dice Hannah; —y Meg lucía muy contenta, como bien podía estarlo.