sonido. El tendón abandona su mostrador y el carretero su carro; el carnicero arroja su bandeja; el panadero, su cesta; el lechero, su cubo; el recadero, sus paquetes; el escolar, sus canicas; el adoquinador, su piqueta; el niño, su volante. Salen corriendo, en desorden, a la desesperada, a toda prisa: desgarrando, vociferando, gritando, atropellando a los transeúntes al doblar las esquinas, alborotando a los perros y pasmando a las gallinas; y las calles, plazas y plazuelas resuenan con el estrépito.
“¡Al ladrón! ¡Al ladrón!”
El grito es retomado por cien voces, y la multitud se acumula en cada esquina. Allá van volando, salpicando el lodo y resonando por las aceras: se abren las ventanas, la gente sale corriendo, la turba avanza, un público entero abandona a Punch en lo más espeso de la trama y, uniéndose a la muchedumbre apresurada, aumenta el alarido y da nuevo vigor al grito: “¡Al ladrón! ¡Al ladrón!”