—Sí, sí —dijo Oliver—, y lo—lo sacaremos de aquí, y haremos que lo vistan y le den educación, y lo mandaremos a algún paraje tranquilo en el campo donde pueda fortalecerse y ponerse bien, ¿verdad?
Rose asintió con la cabeza, pues el chico sonreía a través de unas lágrimas tan felices que ella no pudo hablar.
“You will be kind and good to him, for you are to everyone,” said Oliver.
“It will make you cry, I know, to hear what he can tell; but never mind, never mind, it will be all over, and you will smile again—I know that too—to think how changed he is; you did the same with me. He said ‘God bless you’ to me when I ran away,” cried the boy with a burst of affectionate emotion; “and I will say ‘God bless you’ now, and show him how I love him for it!”
Al acercarse al pueblo y, por fin, atravesar sus estrechas calles, resultó no poco difícil contener al muchacho dentro de unos límites razonables. Ahí estaba la funeraria de Sowerberry, tal y como solía ser, solo que más pequeña y menos imponente en apariencia de lo que recordaba; ahí estaban todas las tiendas y casas tan conocidas, con casi cada una de las cuales tenía algún pequeño incidente relacionado; ahí estaba el carro de Gamfield, el mismo carro que solía tener, aparcado a la puerta de la vieja taberna; ahí estaba el hospicio, la triste prisión de sus días de juventud, con sus sombrías ventanas mirando con ceño a la calle; ahí estaba el mismo portero enjuto plantado en la puerta, a cuya vista Oliver se encogió involuntariamente y luego se rio de sí mismo por ser tan tonto, después lloró y volvió a reír; ahí había decenas de rostros en las puertas y ventanas que conocía muy bien; casi todo estaba como si lo hubiera dejado apenas ayer, y toda su vida reciente no hubiera sido más que un dulce sueño.
Pero era una realidad pura, sincera y alegre.