La señora Corney inclinó la cabeza cuando el bedel dijo esto; el bedel inclinó la suya para poder verle la cara a la señora Corney. La señora Corney, con gran decencia, apartó el rostro y soltó la mano para buscar su pañuelo; pero, sin darse cuenta, volvió a colocarla en la de Míster Bumble.
—El patronato le proporciona carbón, ¿no es así, señora Corney? —inquirió el bedel, apretándole la mano con afecto.
—Y velas —respondió la señora Corney, devolviendo ligeramente la presión.
—Carbón, velas y alquiler de casa gratis —dijo el señor Bumble—. ¡Oh, señora Corney, qué ángel es usted!
La señora no pudo resistir semejante efusión de sentimientos. Cayó en los brazos del señor Bumble y aquel caballero, en su agitación, le imprimió un apasionado beso en la casta nariz.
—¡Qué perfección parroquial! —exclamó el señor Bumble, con arrobamiento—. ¿Sabe usted que el señor Slout está peor esta noche, encanto mío?
—Sí —respondió la señora Corney con timidez.
“Él no puede vivir una semana, dice el doctor —continuó el señor Bumble—. Él es el amo de este establecimiento; su muerte causará una wacante; esa wacante debe ser ocupada. ¡Oh, señora Corney, qué perspectivas abre esto! ¡Qué oportunidad para unir corazones y economías domésticas!”.
La señora Corney sollozó.
—¿La pequeña palabra? —dijo el señor Bumble, inclinándose sobre la tímida belleza—. ¿Esa única, pequeña, pequeña, pequeña palabra, mi bendita Corney?