como si fuera culpa suya que no fuera más grande—; es pequeño. No se puede negar. Pero crecerá, señora Sowerberry; ya crecerá.
“¡Ah! ¡Imagino que sí!”, replicó la señora con irritación, “a costa de nuestra comida y nuestra bebida. No veo qué ahorro hay en los niños de la parroquia, no señor; porque siempre cuesta más mantenerlos de lo que valen. En fin, los hombres siempre se creen que saben más. ¡Venga! Baja a la cocina, pequeño manojo de huesos”.
Dicho esto, la esposa del enterrador abrió una puerta lateral y empujó a Oliver por una empinada escalera hacia una celda de piedra, húmeda y oscura, que hacía las veces de antesala del sótano del carbón y que era llamada «cocina»; en ella estaba sentada una muchacha desaliñada, con los zapatos pisados y medias de lana azul muy gastadas.