esperanzas); y Harry Maylie y el señor Grimwig fueron añadidos en consecuencia al comité.
“Nos quedamos en la ciudad, por supuesto —dijo la señora Maylie—, mientras quede la más mínima perspectiva de proseguir esta investigación con alguna posibilidad de éxito. No escatimaré ni problemas ni gastos en pro del objetivo en el que todos estamos tan profundamente interesados, y me contentaré con permanecer aquí, aunque sea durante doce meses, siempre y cuando usted me asegure que aún queda alguna esperanza”.
—¡Bien! —replicó el señor Brownlow—. Y como veo en los rostros que me rodean la disposición a averiguar cómo ocurrió que yo no estuviera presente para corroborar la historia de Oliver, y que hubiera abandonado el reino tan repentinamente, permitidme estipular que no se me harán preguntas hasta el momento en que considere oportuno anticiparme a ellas contando mi propia historia.
Creedme, hago este ruego por una buena razón, pues de otro modo podría despertar esperanzas destinadas a no realizarse jamás, y aumentar únicamente unas dificultades y desilusiones que ya de por sí son bastante numerosas.
¡Vamos! Se ha anunciado la cena, y el joven Oliver, que está completamente solo en la habitación contigua, habrá empezado a pensar, a estas alturas, que nos hemos cansado de su compañía y hemos urdido alguna oscura conspiración para echarlo de nuevo al mundo.
Con estas palabras, el viejo caballero le ofreció la mano a la señora Maylie y la condujo al comedor. El señor Losberne los siguió, llevando del brazo a Rose; y el consejo quedó, por el momento, disuelto de manera definitiva.