pérdida, y se andaba por las calles, durante tres o cuatro días, arrancándose los cabellos de un modo tan desesperado que mucha gente temía que fuera a quitarse la vida.
Un día vino a la oficina, muy deprisa, y tuvo una entrevista privada con el magistrado, quien, tras mucha charla, toca el timbre, hace entrar a Jem Spyers (Jem era un oficial activo) y le manda que vaya a ayudar al señor Chickweed a apresar al hombre que había robado su casa.
«Lo vi, Spyers —dijo Chickweed—, pasar por delante de mi casa ayer por la mañana».
«¿Por qué no te levantaste y lo agarraste del cuello? —dice Spyers».
«Me quedé tan pasmado que me habrían podido fracturar el cráneo con un palillo de dientes —dice el pobre hombre—; pero seguro que lo atrapamos, porque entre diez y once de la noche volvió a pasar».
Spyers no antes oyó esto, cuando se metió unas cuinas limpias y un peine en el bolsillo, por si tuviera que quedarse un día o dos; y allá que se va, y se sienta en una de las ventanas del mesón detrás de la cortinita roja, con el sombrero puesto, listo para salir disparado al menor aviso. Estaba fumando su pipa allí, bien entrada la noche, cuando de repente Chickweed pega un alarido: «¡Aquí está! ¡Al ladrón! ¡Al asesino!». Jem Spyers sale a toda carrera; y allí ve a Chickweed, que baja zumbando por la calle a voz en grito. Allá va Spyers; dale que te pego Chickweed; se vuelve la gente; todo el mundo grita: «¡Ladrones!»; y el propio Chickweed no para de vociferar en todo momento como un loco. Spyers lo pierde de vista un minuto al doblar una esquina; sale disparado; ve a una pequeña multitud; se mete de cabeza; «¿Cuál es el