Codal
nydus/Oliver TwistPublic
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XXXVII. En el que el lector podrá percibir un contraste, no infrecuente en los casos matrimoniales

semanas; pero el suspiro⁠—había un significado enorme en el suspiro.

“Me vendí —siguió diciendo el señor Bumble, continuando con el mismo hilo de reflexiones— por seis cucharillas de té, unas tenazas para el azúcar y una lechera; con una pequeña cantidad de muebles de segunda mano y veinte libras en efectivo. Salí muy barato. ¡Barato, tirado de precio!”

«¡Barato!», gritó una voz chillona al oído del señor Bumble: «¡habrías sido caro a cualquier precio; y bien caro que te pagué yo, Dios sabe que es verdad!».

El señor Bumble se volvió y se topó con el rostro de su interesante consorte, la cual, al comprender imperfectamente las pocas palabras que había alcanzado a oír de su queja, se había arriesgado a hacer la observación anterior a la ventura.

—¡Señora Bumble, señora! —dijo el señor Bumble, con una severidad sentimental.

—¡Vaya! —exclamó la señora.

—Tenga la bondad de mirarme —dijo el señor Bumble, clavando sus ojos en ella—. («Si ella aguanta una mirada como esa —se dijo el señor Bumble para sus adentros—, puede aguantar cualquier cosa. Es una mirada que nunca me ha fallado con los mendigos. Si le falla con ella, mi poder se ha acabado»).

Si una dilatación sumamente pequeña de los ojos basta para subyugar a los paupérrimos, quienes, al estar mal alimentados, no se encuentran en muy buenas condiciones; o si la difunta señora Corney era particularmente inmune a las miradas de águila, son cuestiones de opinión.

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