“No.”
¿Dinero?
“No.”
El extraño muchacho silbó; y se metió las manos en los bolsillos, hasta donde las grandes mangas del abrigo se lo permitieron.
—¿Vives en Londres? —inquirió Oliver.
—Sí. Sí lo tengo, cuando estoy en casa —respondió el muchacho—. Supongo que querrás algún lugar donde dormir esta noche, ¿verdad?
—Sí, así es —respondió Oliver—. No he vuelto a dormir bajo un techo desde que salí del campo.
—No te preocupes por ese asunto —dijo el joven—. Tengo que estar en Londres esta noche; y conozco a un viejo respetable caballero que vive allí, el cual te dará alojamiento de balde y nunca te pedirá la vuelta; esto es, si te presenta algún caballero de su conocimiento. ¿Y acaso no me conoce él a mí? ¡Ah, no! ¡Ni lo más mínimo! De ningún modo. ¡Por supuesto que no!
El joven sonrió, como dando a entender que los últimos fragmentos de la conversación eran irónicos en tono de broma, y se terminó la cerveza al hacerlo.
Este inesperado ofrecimiento de refugio era demasiado tentador para resistirse; sobre todo porque fue seguido inmediatamente por la garantía de que el viejo caballero en cuestión, sin duda le conseguiría a Oliver un lugar cómodo, sin pérdida de tiempo.
Esto condujo a un diálogo más amistoso y confidencial; del cual Oliver descubrió que el nombre de su amigo era Jack Dawkins, y que era un protegido muy querido del anciano antes mencionado.