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nydus/Oliver TwistPublic
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XLVIII. La huida de Sikes

La huida de Sikes

De todas las malas acciones que, al amparo de la oscuridad, se habían cometido dentro de los amplios límites de Londres desde que la noche se posó sobre ella, aquella fue la peor.

De todas los horrores que ascendieron con mal olor en el aire matutino, aquel fue el más inmundo y cruel.

El sol —el sol brillante, que devuelve no solo la luz, sino también una nueva vida, esperanza y frescura al hombre— irrumpió sobre la abarrotada ciudad con clara y radiante gloria. A través de costosos cristales de colores y ventanas remendadas con papel, a través de la cúpula de la catedral y de la podrida rendija, proyectó su rayo imparcial. Iluminó la habitación donde yacía la mujer asesinada. Así fue. Él intentó bloquearlo, pero seguía penetrando a raudales. Si la visión ya había sido espantosa en la opaca mañana, ¡qué era ahora, bajo toda esa luz brillante!

No se había movido; había tenido miedo de agitarse. Hubo un gemido y un movimiento de mano; y, con terror sumado a la rabia, había golpeado una y otra vez. Una vez le arrojó una alfombra encima; pero era peor imaginarse los ojos e imaginarlos moviéndose hacia él, que verlos fijos hacia arriba, como si vigilaran el reflejo del charco de sangre que temblaba y bailaba a la luz del sol en el techo. Volvió a arrancársela. Y ahí estaba el cuerpo⁠—mera carne y sangre, nada más⁠—, ¡pero qué carne y cuánta sangre!

Encendió una chispa, avivó el fuego y arrojó la maza dentro. Había pelo en el extremo, que ardió y se encogió hasta convertirse en una ligera ceniza que, atrapada por el corriente de aire, se remolinó chimenea arriba.

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