En cumplimiento de esta indirecta, los muchachos, despidiéndose de Nancy con la cabeza, cogieron sus sombreros y salieron de la habitación; el Artful Dodger y su vivaz amigo se entregaron, al marchar, a numerosas agudezas a costa del señor Chitling; en cuya conducta, es de justicia decir, no había nada muy llamativo o peculiar: por cuanto hay un gran número de jóvenes apuestos y briosos por la ciudad, que pagan un precio mucho más alto que el señor Chitling por dejarse ver en buena sociedad: y un gran número de finos caballeros (que componen la buena sociedad antes mencionada) que cimentan su reputación sobre bases muy similares a las del chulesco Toby Crackit.
—Ahora —dijo Fagin, cuando hubieron salido de la habitación—, iré a buscarte ese dinero, Nancy. Esta es solo la llave de un pequeño armario donde guardo algunas cosas curiosas que consiguen los muchachos, querida. Nunca encierro bajo llave mi dinero, porque no tengo dinero que encerrar, querida—¡ja, ja, ja!—, no tengo nada que encerrar. Es un mal negocio, Nancy, y encima sin agradecimiento; pero me gusta ver a los jóvenes a mi alrededor, y lo aguanto todo, lo aguanto todo. ¡Silencio! —dijo, ocultando apresuradamente la llave en su pecho—; ¿quién es? ¡Escucha!
La joven, que estaba sentada a la mesa con los brazos cruzados, no mostró el menor interés por la llegada ni pareció importarle si la persona, quienquiera que fuese, entraba o salía, hasta que el murmullo de la voz de un hombre llegó a sus oídos.
En cuanto captó el sonido, se quitó el sombrero y el chal con la rapidez del rayo y los metió debajo de la mesa.
Al volverse el judío inmediatamente después, ella masculló una queja sobre el calor con un tono de lasitud que contrastaba de forma muy notable con la extrema prisa y violencia de aquella acción, la cual, sin embargo, había pasado desapercibida para Fagin, que le daba la espalda en ese momento.