“¡Al ladrón! ¡Al ladrón!”
Existe en el pecho humano una pasión profundamente arraigada por dar caza a algo.
Un niño desdichado y sin aliento, jadeando por el agotamiento; el terror en su semblante; la angustia en sus ojos; grandes gotas de sudor cayendo a borbotones por su rostro; es fuerza y flaqueza para aventajar a sus perseguidores; y a medida que siguen su rastro y le alcanzan a cada instante, vitorean su menguante fuerza con alegría.
“¡Al ladrón!”
¡Ah, detenedlo por el amor de Dios, aunque solo sea por compasión!
¡Detenido por fin! Un golpe maestro. Está tendido en el pavimento, y la multitud se agrupa ansiosa a su alrededor: cada recién llegado empuja y forcejea con los demás para echar un vistazo.
- «¡Hágase a un lado!»
- «¡Denle un poco de aire!»
- «¡Qué tontería! No se lo merece».
- «¿Dónde está el caballero?»
- «Aquí viene, bajando por la calle».
- «¡Hagan sitio al caballero!»
- «¿Es este el muchacho, señor?»
- «Sí».
Oliver yacía, cubierto de lodo y polvo, y sangrando por la boca, mirando desaforadamente al montón de rostros que lo rodeaban, cuando el viejo caballero fue arrastrado y empujado oficiosamente hacia el círculo por el primero de los perseguidores.