y entablillado, cruzaba su pecho; su cabeza reposaba sobre el otro brazo, que medio ocultaba su largo cabello al desparramarse por la almohada.
El honrado caballero sostuvo la cortina en su mano y observó, durante un minuto más o menos, en silencio.
Mientras observaba así al enfermo, la joven dama se deslizó suavemente y, sentándose en una silla junto a la cama, apartó el cabello de la frente de Oliver.
Al inclinarse sobre él, sus lágrimas cayeron sobre su frente.
El muchacho se movió y sonrió en sueños, como si aquellas muestras de piedad y compasión hubieran despertado en él el apacible sueño de un amor y un afecto que nunca había conocido.
Así, una melodía suave, o el murmullo del agua en un lugar solitario, o el aroma de una flor, o la mención de una palabra familiar, evocan a veces vagos y repentinos recuerdos de escenas que nunca existieron en esta vida; que se desvanecen como un soplo; que la breve memoria de una existencia más feliz, ya muy lejana, pareciere haber despertado; que ningún esfuerzo voluntario de la mente logrará jamás evocar.
—¿Qué puede significar esto? —exclamó la anciana—. ¡Esta pobre criatura jamás habrá podido ser discípula de bandidos!
—El vicio —dijo el cirujano, volviendo a colocar la cortina—, se aloja en muchos templos; ¿y quién puede asegurar que un hermoso exterior no lo encierre?
—¡Pero a una edad tan temprana! —insistió Rose.