de cuerpos ocultos a los ojos del hombre en hondas fosas y pozos que no lograban retenerlos, por profundos que fuesen, sino que al fin los devolvían, al cabo de muchos años, enloqueciendo de tal modo a los asesinos al verlos que, presos del horror, confesaban su culpa y clamaban a gritos por la horca para poner fin a su agonía. Aquí leía también acerca de hombres que, yacentes en sus lechos en lo más hondo de la noche, se habían visto tentados (según decían) y arrastrados por sus propios malos pensamientos a un derramamiento de sangre tan terrible que hacía estremecer la carne y flaquear los miembros con solo pensarlo. Las horribles descripciones eran tan reales y vívidas que las amarillentas páginas parecían teñirse de sangre, y las palabras impresas en ellas resonaban en sus oídos como si fuesen susurradas, en huecos murmullos, por los espíritus de los muertos.
En un paroxismo de miedo, el muchacho cerró el libro y lo apartó de un empujón.
Luego, cayendo de rodillas, suplicó al Cielo que lo librara de tales acciones y que dispusiera más bien que muriera en el acto, antes que ser reservado para crímenes tan temibles y espantosos.
Gradualmente, se fue calmando y suplicó, con voz baja y entrecortada, que lo rescataran de sus peligros actuales; y que, si había de surgir alguna ayuda para un pobre niño marginado que nunca había conocido el amor de amigos o parientes, le llegara ahora, cuando, desolado y abandonado, se encontraba solo en medio de la maldad y la culpa.
Había concluido su oración, pero aún seguía con la cabeza entre las manos, cuando un crujido lo despertó.
—¡Qué es eso! —exclamó, incorporándose de un salto y divisándo una silueta junto a la puerta—. ¿Quién anda ahí?
—Yo. Solo yo —respondió una voz temblorosa.