Codal
nydus/Oliver TwistPublic
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XXXVII. En el que el lector podrá percibir un contraste, no infrecuente en los casos matrimoniales

toda la altura y pompa de la condición de bedel hasta lo más hondo del apocamiento más sometido por la mujer.

“¡Todo en dos meses!”, dijo el señor Bumble, inundado de sombríos pensamientos. “¡Dos meses! ¡Hace no más de dos meses, yo no solo era mi propio amo, sino el de todos los demás, en lo que a la casa de labor parroquial se refiere, y ahora!⁠—”

Era demasiado. El señor Bumble le dio un bofetón en las orejas al muchacho que le abrió la puerta (pues había llegado al portal sumido en sus ensoñaciones); y echó a andar, abstraído, hacia la calle.

Caminó por una calle y bajó por otra, hasta que el ejercicio hubo mitigado el primer arrebato de su dolor; y entonces la reacción de sus sentimientos le dio sed.

Pasó por delante de muchísimas tabernas; pero, al fin, se detuvo ante una en una calle secundaria, cuyo salón, según dedujo de un rápido vistazo por encima de las persianas, estaba desierto, a excepción de un cliente solitario.

Empezó a llover con fuerza en ese momento. Esto fue lo que lo decidió. El señor Bumble entró y, pidiendo algo de beber al pasar por la barra, se adentró en el aposento al que había estado mirando desde la calle.

El hombre que estaba sentado allí era alto y moreno, y llevaba una gran capa.

Tenía el aire de un desconocido y parecía, por cierta ojerosidad en su mirada, así como por el polvo acumulado en sus ropas, haber viajado cierta distancia.

Miró de soslayo a Bumble al entrar, pero apenas se dignó a asentir con la cabeza en reconocimiento a su saludo.

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