—¡Guarda silencio, viejo imbécil y chocho! —dijo la matrona con severidad—. Tú, Martha, dime: ¿le ha dado antes por este estilo?
—A menudo —respondió la primera mujer.
—Pero nunca volverá a ser —añadió el segundo—; es decir, no volverá a despertar más que una sola vez—y ojo, ama, ¡eso no será por mucho tiempo!
—Larga o corta —dijo la matrona con brusquedad—, no me encontrará aquí cuando se despierte; y con cuidado, las dos, de volver a molestarme por nada. No es parte de mi deber ver morir a todas las viejas de la casa, y no lo haré, y se acabó. ¡Tenedlo presente, insolentes harpías! Si volvéis a tomarme el pelo, os curaré pronto, ¡os lo aseguro!
Se iba alejando a saltitos, cuando un grito de las dos mujeres, que se habían vuelto hacia la cama, hizo que se volviera. La enferma se había incorporado y les extendía los brazos.
—¿Quién es? —exclamó con voz hueca.
—¡Chit, chit! —dijo una de las mujeres, inclinándose sobre ella—. ¡Acuéstate, acuéstate!
—¡Jamás volveré a acostarme viva! —dijo la mujer, forcejeando—. ¡Se lo diré! ¡Ven aquí! ¡Más cerca! Déjame susurrarte al oído.
Agarró a la matrona del brazo y, obligándola a sentarse en una silla junto a la cama, se disponía a hablar cuando, al mirar a su alrededor, descubrió a las dos viejas inclinadas hacia adelante en actitud de ávidas oyentes.
—Despáchalos —dijo la mujer con somnolencia—; ¡date prisa! ¡date prisa!