Por una notable coincidencia, los otros dos habían experimentado la misma desagradable sensación en ese preciso instante.
Era bastante obvio, por lo tanto, que se trataba de la verja; sobre todo porque no había duda en cuanto al momento en que se había producido el cambio, ya que los tres recordaban que habían avistado a los ladrones en el instante en que este tuvo lugar.
Este diálogo se sostuvo entre los dos hombres que habían sorprendido a los ladrones, y un calderero ambulante que había estado durmiendo en un cobertizo, y que había sido despertado, junto con sus dos chuchos mestizos, para unirse a la persecución.
El señor Giles ejercía la doble función de mayordomo y administrador de la anciana señora de la mansión; Brittles era un muchacho para todo que, habiendo entrado a su servicio siendo un mero niño, todavía era tratado como un joven prometedor, a pesar de haber pasado ya de los treinta.
Animándose mutuamente con tales conversaciones; pero manteniéndose muy juntos, no obstante, y mirando aprensivamente a su alrededor cada vez que una nueva ráfaga hacía sonar las ramas, los tres hombres se apresuraron a volver al árbol tras el cual habían dejado su linterna, no fuera a ser que su luz indicara a los ladrones en qué dirección disparar.
Tomando la luz, emprendieron el regreso a casa lo mejor que pudieron, a buen trote; y mucho después de que sus oscuras siluetas hubieran dejado de ser visibles, aún se podía ver la luz titilando y danzando en la distancia, como una exhalación de la atmósfera húmeda y sombría a través de la cual era transportada velozmente.
El aire se fue enfriando a medida que el día avanzaba lentamente; y la niebla rodaba por el suelo como una densa nube de humo.