La oscuridad había caído; era un vecindario de mala muerte; no había ayuda cerca; la resistencia era inútil. En un instante fue arrastrado a un laberinto de oscuros y estrechos callejones, y fue empujado a través de ellos a un ritmo que hacía que los pocos gritos que se atrevía a emitir resultaran in inteligibles. En realidad, poco importaba que fueran inteligibles o no; pues no había nadie a quien le importaran, por muy claros que hubieran sido.
Los faroles de gas estaban encendidos; la señora Bedwin esperaba ansiosa en la puerta abierta; la criada había corrido calle arriba veinte veces para ver si había algún rastro de Oliver; y los dos viejos caballeros seguían sentados, perseverantes, en la oscura sala, con el reloj de bolsillo entre ellos.