cualquier gato, o gatito, que pudiera vivir con usted, señora, y no ser afecto a su hogar, tiene que ser un burro, señora.
—¡Oh, señor Bumble! —protestó la señora Corney.
—No sirve de nada disfrazar los hechos, señora —dijo el señor Bumble, blandiendo lentamente la cucharilla con una especie de dignidad amorosa que lo hacía el doble de impresionante—; yo mismo lo ahogaría, con mucho gusto.
—Entonces es usted un hombre cruel —dijo la matrona con vivacidad, mientras extendía la mano para recibir la taza del bedel—, y además un hombre de corazón muy duro.
“Hard-hearted, ma’am?” said Mr. Bumble. “Hard?”
Mr. Bumble resigned his cup without another word; squeezed Mrs. Corney’s little finger as she took it; and inflicting two openhanded slaps upon his laced waistcoat, gave a mighty sigh, and hitched his chair a very little morsel farther from the fire.
Era una mesa redonda; y como la señora Corney y el señor Bumble habían estado sentados el uno enfrente del otro, con no mucho espacio entre ellos y frente al fuego, se comprenderá que el señor Bumble, al alejarse del fuego y permanecer aun junto a la mesa, aumentó la distancia entre él y la señora Corney; procedimiento que algunos lectores prudentes sin duda se sentirán inclinados a admirar, y a considerar un acto de gran heroísmo por parte del señor Bumble: ya que él se encontraba de algún modo tentado por el tiempo, el lugar y la ocasión, a dar salida a ciertas naderías amorosas que, por muy bien que puedan sentar a los labios de los alegres y los insensatos, parecen inconmensurablemente por debajo de la dignidad de los jueces del país, los miembros del parlamento, los ministros de estado, los lores alcaldes y otros grandes funcionarios públicos, pero más particularmente por