De la vida feliz que Oliver comenzó a llevar con sus buenos amigos
Los males de Oliver no eran ni leves ni escasos. Además del dolor y la tardanza propios de una extremidad rota, su exposición a la humedad y al frío le había desencadenado fiebre y tercianas, que lo aquejaron durante muchas semanas y lo consumieron tristemente.
Pero, al fin, comenzó, por lentos grados, a mejorar y a poder decir a veces, en unas pocas palabras llorosas, cuán profundamente sentía la bondad de aquellas dos dulces damas, y cuán ardientemente esperaba que, cuando volviera a estar fuerte y sano, pudiera hacer algo para demostrar su gratitud;
- tan solo algo, que les permitiera ver el amor y el respeto de los que su pecho estaba lleno;
- algo, por leve que fuera, que les probara que su amable bondad no había caído en saco roto;
- sino que el pobre muchacho a quien la caridad de ellas había rescatado de la miseria o de la muerte estaba deseoso de servirlas con todo su corazón y su alma.