El robo
—¡Hola! —gritó una voz fuerte y ronca tan pronto como pusieron un pie en el pasillo.
—No armes tanto alboroto —dijo Sikes, echando el cerrojo a la puerta—. Enciende un candil, Toby.
—¡Ajá, amigo mío! —gritó la misma voz—. ¡Una luz, Barney, una luz! Haz pasar al caballero, Barney; despierta primero, si te viene bien.
El orador pareció arrojar un sacabotas, o algún artículo por el estilo, a la persona a la que se dirigía, para despertarla de su sueño: pues se oyó el ruido de un objeto de madera al caer violentamente; y luego un murmullo indistinto, como el de un hombre entre dormido y despierto.
—¿Oyes? —gritó la misma voz—. Ahí está Bill Sikes en el pasillo sin que nadie le haga los honores; y tú durmiendo ahí, como si tomaras laúdano con las comidas y nada más fuerte. ¿Estás más fresco ahora, o quieres el candelabro de hierro para despertarte del todo?
Un par de pies descuidados arrastraron los pasos, apresuradamente, por el suelo desnudo de la habitación, al formularse esta interrogación; y brotó, de una puerta a la mano derecha; primero, una vela débil: y después, la forma del mismo individuo que ha sido descrito anteriormente como aquejado de la dolencia de hablar por la nariz, y que oficiaba de camarero en la taberna de Saffron Hill.
—¡Sr. Sikes! —exclamó Barney, con alegría real o fingida—; pase, señor; pase.