Terminada la cena—fácil es de suponer que Oliver no tenía gran apetito—, el señor Sikes se tomó un par de vasos de licor con agua y se tiró sobre la cama, ordenándole a Nancy, con muchas maldiciones en caso de fallar, que lo despertara a las cinco en punto. Oliver se estiró con la ropa puesta, por orden de la misma autoridad, sobre un colchón en el suelo; y la muchacha, arreglando el fuego, se sentó frente a él, lista para despertarlos a la hora señalada.
Durante mucho tiempo Oliver se mantuvo despierto, pensando que no era imposible que Nancy buscara la oportunidad de susurrarle algún otro consejo; pero la muchacha se sentó junto al fuego, sumida en sus pensamientos y sin moverse, excepto de vez en cuando para arreglar la luz. Exhausto por la vigilia y la ansiedad, al fin se quedó dormido.
Cuando despertó, la mesa estaba llena de servicio de té, y Sikes se estaba metiendo varios objetos en los bolsillos de su gabán, que colgaba del respaldo de una silla.
Nancy se afanaba en preparar el desayuno. Aún no había amanecido; pues la vela seguía encendida y afuera estaba completamente oscuro. Además, una lluvia recia golpeaba los cristales de las ventana; y el cielo se veía negro y nublado.
—¡Ahora mismo! —gruñó Sikes, mientras Oliver se ponía en pie de un salto—; ¡las cinco y media! Date prisa o no desayunarás, porque ya es bastante tarde.
Oliver no tardó mucho en arreglarse; después de tomar un desayuno, respondió a una pregunta hosca de Sikes diciendo que estaba completamente listo.
Nancy, sin apenas mirar al muchacho, le tiró un pañuelo para que se lo atara al cuello; Sikes le dio una capa grande y áspera para que se la abrochara sobre los hombros.