Exculpa la descortesía de un capítulo anterior; el cual abandonó a una dama, de la manera más descarada
Como de ninguna manera convendría a un humilde autor hacer esperar a un personaje tan poderoso como un bedel, con la espalda contra la faja de la chimenea y las faldas de su levita recogidas bajo los brazos, hasta el momento en que le pluguiera aliviarle; y como menos aún se abendría con su condición o su hidalguía involucrar en el mismo desdén a una dama a quien ese bedel había mirado con ojos de ternura y afecto, y a cuyo oído había susurrado dulces palabras que, viniendo de tal fuente, bien podían estremecer el pecho de doncella o matrona de cualquier alcurnia; el historiador cuya pluma traza estas palabras —confiando en que conoce su lugar y en que profesa la debida reverencia hacia aquellos a quienes en la tierra se delega una alta e importante autoridad— se apresura a rendirles el respeto que su posición demanda, y a tratarlos con toda la ceremonia deferente que su exaltado rango y (por ende) sus grandes virtudes exigen imperativamente de sus manos.