—¡Otra vez los ojos! —exclamó con un chillido sobrenatural.
Tambaleándose como si le hubiera caído un rayo, perdió el equilibrio y cayó por encima del pretil.
La soga estaba en su cuello. Se corrió con su peso, tensa como la cuerda de un arco y veloz como la flecha que esta dispara.
Cayó durante treinta y cinco pies. Hubo una sacudida repentina, una convulsión terrible de los miembros; y allí quedó colgado, con la navaja abierta apretada en su mano que empezaba a entumecerse.
La vieja chimenea tembló con la sacudida, pero resistió con valentía. El asesino pendía sin vida contra la pared; y el muchacho, apartando a empujones el cuerpo colgante que le ocultaba la vista, llamó a la gente para que fuera a sacarlo, por el amor de Dios.
Un perro, que había permanecido oculto hasta entonces, corrió de un lado a otro por el pretil con un aullido lúgubre y, preparándose para tomar impulso, saltó hacia los hombros del muerto. Al fallar el tiro, cayó en la zanja, dando una vuelta completa en su caída; y al golpear su cabeza contra una piedra, se reventó los sesos.