Eran las nueve de la noche, cuando el hombre, bastante agotado, y el perro, cojo y renqueante por el ejercicio al que no estaba acostumbrado, bajaron la colina junto a la iglesia del tranquilo pueblo y, caminando con esfuerzo por la pequeña calle, se adentraron en una pequeña taberna, cuya escasa luz los había guiado hasta el lugar.
Había un fuego en el salón y unos cuantos jornaleros del campo bebían frente a él.
Le hicieron lugar al desconocido, pero este se sentó en el rincón más apartado, y comió y bebió solo, o más bien con su perro, al que le arrojaba un bocado de comida de vez en cuando.
La conversación de los hombres allí reunidos giró en torno a las tierras vecinas y a los granjeros; y, cuando se agotaron esos temas, sobre la edad de cierto anciano que había sido enterrado el domingo anterior; los jóvenes presentes lo consideraban muy viejo, y los ancianos presentes declaraban que había sido bastante joven —no mayor, según dijo un abuelo de blancos cabellos, que él—, con diez o quince años de vida por delante al menos —si se hubiera cuidado; si se hubiera cuidado—.
No había nada allí que llamara la atención ni causara alarma. El ladrón, tras pagar su cuenta, se sentó en silencio y sin llamar la atención en su rincón, y casi se había quedado dormido, cuando lo despertó a medias la ruidosa entrada de un recién llegado.
Era este un sujeto bufonesco, medio buhonero y medio saltimbanqui, que recorría el país a pie para vender piedras de afilar, asentadores, navajas, jaboncillos, pastilla para arneses, medicinas para perros y caballos, perfumería barata, cosméticos y mercancías por el estilo, que llevaba en un estuche colgado a la espalda. Su entrada era la señal para diversas bromas pueblerinas con los paisanos, las cuales no cesaban hasta que había cenado y abierto su caja de