y, como si de repente recobrara la memoria y lamentara su incapacidad para hacer algo que tenía decidido, se desató las manos y rompió a llorar.
Podría ser que sus lágrimas la hubieran aliviado, o que sintiera toda la desesperanza de su situación; pero dio media vuelta; y apresurándose con casi igual rapidez en dirección contraria —en parte para recuperar el tiempo perdido y en parte para mantener el ritmo de la violenta corriente de sus propios pensamientos—, no tardó en llegar a la vivienda donde había dejado al ladrón.
Si ella delató alguna agitación al presentarse ante el señor Sikes, este no lo advirtió; pues limitándose a preguntar si había traído el dinero y recibiendo una respuesta afirmativa, este lanzó un gruñido de satisfacción y, volviendo a apoyar la cabeza sobre la almohada, reanudó el sueño que la llegada de ella había interrumpido.