El señor Bumble tenía dignidad de sobra para dos; aun suponiendo que el desconocido hubiera sido más familiar: de modo que se tomó su ginebra con agua en silencio y leyó el periódico haciendo un gran despliegue de pompa y circunstancia.
Sucedió, sin embargo —como suele suceder muy a menudo, cuando los hombres se reúnen en tales circunstancias—, que el señor Bumble sintió, de vez en cuando, un poderoso impulso, al que no pudo resistirse, de robarle una mirada al desconocido; y que, cada vez que lo hacía, retiraba los ojos, con cierta confusión, al descubrir que el desconocido le estaba robando una mirada a él en ese mismo momento.
La incomodidad del señor Bumble se veía acrecentada por la muy notable expresión de la mirada del desconocido, que era aguda y brillante, pero ensombrecida por un ceño de desconfianza y sospecha, diferente a todo lo que él había observado antes, y repulsiva a la vista.
Cuando se hubieron cruzado las miradas de este modo varias veces, el desconocido, con voz ronca y profunda, rompió el silencio.
—¿Me buscabas —dijo— cuando te asomaste por la ventana?
—Que yo sepa, no, a menos que usted sea el señor... —Aquí el señor Bumble se detuvo en seco, pues tenía curiosidad por saber el nombre del desconocido y pensó, en su impaciencia, que él mismo podría rellenar el espacio en blanco.
—Ya veo que no lo estabas —dijo el desconocido, con una expresión de sutil sarcasmo dibujada en los labios—; o habrías sabido mi nombre. No lo sabes. Te recomendaría que no preguntaras por él.
—No era mi intención hacer daño, joven —observó el señor Bumble con majestad.
—Y no he hecho ninguno —dijo el desconocido.