Aunque no estoy dispuesto a sostener que el nacer en un asilo es, en sí mismo, la circunstancia más afortunada y envidiable que jamás pueda sobrevenirle a un ser humano, sí pretendo afirmar que, en este caso particular, fue lo mejor que le podría haber ocurrido a Oliver Twist de cualquier modo posible.
El caso es que hubo considerable dificultad para inducir a Oliver a asumir el cargo de la respiración —una práctica molesta, pero que la costumbre ha hecho necesaria para nuestra cómoda existencia—; y durante algún tiempo estuvo jadeando sobre un pequeño jergón de lana, bastante desigualmente equilibrado entre este mundo y el siguiente: inclinándose la balanza decididamente en favor del último.
Ahora bien, si durante este breve período Oliver hubiera estado rodeado de abuelas prudentes, tías ansiosas, enfermeras experimentadas y médicos de profunda sabiduría, muy inevitable e indudablemente lo habrían matado en un abrir y cerrar de ojos.
Sin embargo, como no había nadie más cerca que una vieja pauérrima, que estaba bastante obnubilada por una ración inusual de cerveza, y un cirujano parroquial que se encargaba de esos asuntos por contrato; Oliver y la Naturaleza resolvieron el asunto entre ellos.
El resultado fue que, tras unos pocos forcejeos, Oliver respiró, estornudó y procedió a anunciar a los asilados de la inclusa el hecho de que se había impuesto una nueva carga a la parroquia, soltando un llanto tan fuerte como razonablemente cabía esperar de un varón recién nacido que no hubiera estado en posesión de ese apéndice tan útil llamado voz durante un espacio de tiempo mucho mayor de tres minutos y cuarto.
A medida que Oliver daba esta primera prueba del libre y adecuado funcionamiento de sus pulmones, la colcha de retazos que estaba arrojada descuidadamente sobre el lecho de hierro crujió; el pálido rostro