llovizna cayendo, mientras los muchachos desharrapados que el espectáculo había atraído al cementerio jugaban a las escondites ruidosamente entre las lápidas, o variaban sus diversiones saltando de un lado a otro sobre el ataúd. El señor Sowerberry y Bumble, al ser amigos personales del sacristán, se sentaron junto al fuego con él y leyeron el periódico.
Por fin, transcurrido algo más de una hora, se vio al señor Bumble, a Sowerberry y al sacristán corriendo hacia la tumba. Inmediatamente después apareció el clérigo, poniéndose el sobrepelliz mientras avanzaba. El señor Bumble propinó entonces unos palos a un par de muchachos para guardar las apariencias, y el reverendo caballero, tras haber leído la parte del servicio de sepelio que cabía comprimir en cuatro minutos, entregó su sobrepelliz al sacristán y se marchó de nuevo.
—¡Ahora, Bill! —dijo Sowerberry al sepulturero—. ¡Llena!
No era una tarea muy difícil, pues la fosa estaba tan llena, que el ataúd superior quedaba a pocos