Así ataviado, le dio la mano al ladrón, quien, limitándose a mostrarle con un gesto amenazador que llevaba esa misma pistola en el bolsillo lateral de su gabán, se la estrechó con firmeza y, despidiéndose de Nancy, se lo llevó.
Oliver se volvió, por un instante, al llegar a la puerta, con la esperanza de cruzarse con una mirada de la muchacha. Pero ella había vuelto a ocupar su viejo asiento frente al fuego, y se sentaba, perfectamente inmóvil ante él.