Cuida de Oliver y prosigue con sus aventuras
—¡Que los lobos os destrocen la garganta! —murmuró Sikes, rechistando los dientes—. Ojalá estuviera entre algunos de vosotros; aullaríaís con más fuerza por ello.
Mientras Sikes mascullaba esta imprecación con la ferocidad más desesperada de que su naturaleza desesperada era capaz, apoyó el cuerpo del muchacho herido sobre su rodilla doblada y volvió la cabeza, por un instante, para mirar atrás a sus perseguidores.
Apenas se distinguía nada entre la niebla y la oscuridad; pero los fuertes gritos de los hombres vibraban en el aire, y los ladridos de los perros vecinos, despertados por el sonido de la campana de alarma, resonaban en todas direcciones.
—¡Detente, cobarde de mierda! —gritó el bandido, dándose prisa tras Toby Crackit, quien, aprovechando al máximo sus largas piernas, ya llevaba la delantera—. ¡Detente!
La repetición de la palabra dejó a Toby clavado en el sitio. Pues no estaba del todo seguro de encontrarse fuera del alcance de un pistoletazo; y Sikes no estaba para bromas.
—Échale una mano al muchacho —gritó Sikes, haciéndole señas furiosamente a su cómplice—. ¡Vuelve!
Toby hizo gala de regresar; pero se aventuró, en voz baja, quebrada por la falta de aliento, a manifestar una considerable reticencia mientras avanzaba lentamente.