El señor Fagin parecía tan sumamente sincero, que Charley Bates, quien consideraba prudente en todos los casos curarse en salud, y a quien le parecía de todo punto improbable que le tocara a él ser estrangulado en segundo lugar, se dejó caer de rodillas y prorrumpió en un rugido fuerte, sostenido y continuo, algo a medio camino entre un toro furioso y un megáfono.
—¿Vas a hablar? —bregonó el judío, sacudiendo al Artful Dodger con tanta fuerza que su permanencia dentro del gabán parecía un verdadero milagro.
—Vaya, las trampas lo han atrapado, y eso es todo —dijo el Artful con morbosidad—. ¡Vamos, suéltame, quieres!
Y, sacudiéndose de un solo tirón para librarse del gran abrigo, que dejó en manos del judío, el Artful arrebató el tenedor de asar y lanzó una estocada al chaleco del alegre viejo caballero; la cual, de haber surtido efecto, habría dejado salir bastante más alegría de la que se habría podido reemplazar fácilmente.
El judío retrocedió en aquel apuro, con más agilidad de la que cabía esperar en un hombre de su aparente decrepitud; y, asiéndose a la olla, se dispuso a lanzársela a la cabeza a su agresor. Pero Charley Bates, en ese momento, llamando su atención con un aullido perfectamente terrorífico, modificó de repente su destino y se la arrojó de lleno a aquel joven caballero.
—¡Vaya, qué demonios pasa ahora! —gruñó una voz ronca. > «¿Quién me ha tirado eso ahí? Menos mal que ha sido la cerveza y no el jarro lo que me ha dado, si no, le habría arreglado las cuentas a más de uno. Ya sabía yo que nadie más que un judío infame, rico, ladrón y atronador podía permitirse desperdiciar otra bebida que no fuera agua