lo regalaban. Estábamos allí. ¡Vaya que si estábamos!
—Y sabemos más que eso —reanudó el primero—, pues ella nos contó a menudo, hace mucho tiempo, que la joven madre le había dicho que, sintiendo que jamás se recuperaría, iba de camino, en el momento en que enfermó, a morir cerca de la tumba del padre de la criatura.
—¿Le gustaría ver al mismo prestamista? —preguntó el señor Grimwig haciendo un gesto hacia la puerta.
—No —respondió la mujer—; si él —señaló a Monks— ha tenido la cobardía de confesar, como veo que lo ha hecho, y ustedes han tanteado a todas estas brujas hasta dar con las indicadas, no tengo nada más que decir. Sí los vendí, y están donde jamás podrán encontrarlos. ¿Y qué?
—Nada —respondió el señor Brownlow—, salvo que nos queda procurar que ninguno de los dos vuelva a desempeñar un puesto de confianza. Pueden retirarse.