Atravesando la hondonada por Vale of Heath, subió por la orilla opuesta y, cruzando el camino que une los pueblos de Hampstead y Highgate, avanzó por el resto del brezal hasta los campos de North End, en uno de los cuales se tendió bajo un seto y se durmió.
Pronto volvió a levantarse y a alejarse —no mucho hacia el campo, sino de regreso hacia Londres por el camino real—, luego otra vez de vuelta, después por otra parte del mismo terreno que ya había recorrido—, y luego vagando de aquí para allá por los campos, y tumbándose en los bordes de las zanjas para descansar, y levantándose de un salto para dirigirse a algún otro punto, y hacer lo mismo, y volver a deambular.
¿Adónde podía ir, que estuviera cerca y no fuera demasiado público, a buscar algo de comer y beber?
Hendon. Ese era un buen sitio, no muy lejano, y apartado del paso de la mayoría. Hacia allí dirigió sus pasos—corriendo a veces, y a veces, con una extraña perversidad, remoloneando a paso de tortuga, o deteniéndose por completo y rompiendo ociosamente los setos con un palo.
Pero cuando llegó allí, toda la gente con la que se cruzaba —hasta los mismísimos niños en las puertas— parecían mirarle con sospecha. Dio media vuelta otra vez, sin el valor necesario para comprar bocado ni trago alguno, a pesar de que llevaba muchas horas sin probar alimento; y una vez más se detuvo en el Brezal, sin saber muy bien adónde ir.
Anduvo errante por millas y millas de terreno, y aun así regresaba al viejo lugar.
La mañana y el mediodía habían pasado, y el día iba en declive, y todavía deambulaba de aquí para allá, de arriba abajo y vuelta tras vuelta, demorándose aún por el mismo sitio.
Por fin logró alejarse y puso rumbo a Hatfield.